Junta de dilatación

Aquella calurosa tarde de agosto el empleado de la oficina de patentes de Menlo Park, New Jersey, levantó la vista del papel y resopló con hastío. Frente a él estaba, de nuevo, aquel tipo sonriente al que todo el mundo conocía como «el mago» y que él consideraba como su peor pesadilla. Desde pequeño había soñado con aquel plácido puesto de funcionario. Tardes libres y mañanas tranquilas de leer el periódico con los pies encima del escritorio. Pero le tuvo que tocar en aquel pueblo. Las doscientas primeras patentes de aquel individuo tuvieron su gracia. De primeras, todas parecían absurdas y las tramitó con una sonrisilla socarrona. Es cierto que aquello del fonógrafo había terminado por tener cierto éxito, y podía, quizá, serle útil a alguien en el futuro, pero es que el tal señor Edison llevaba ya más de mil inventos registrados en su oficina.

Patente de edificio industrializado de Thomas A. Edison (1908)

Imagen obtenida de Slate

Los planos con los que se presentó esa mañana mostraban un extraño artefacto que recordaba vagamente a la forma de la casa de su familia junto a una cinta transportadora y una tolva que vertía en el interior de la estructura. La gran idea de Edison consistía en fabricar un molde de hierro a escala real en el que se vertiera cemento. Una vez fraguado, se podría retirar el molde, que se utilizaría para construir infinitos módulos iguales. Es decir, el primer prefabricado de la historia. O dicho de otro modo, el sueño de cualquier estudiante de arquitectura poco aficionado al dibujo de detalles constructivos.

La idea de construir sin juntas era –lo sigue siendo- una de las grandes aspiraciones de los arquitectos del siglo XX. Al fin y al cabo, todos los problemas constructivos vienen por las juntas de los edificios. Las filtraciones, los puentes térmicos, las roturas por dilataciones diferenciales, todo pasa en las juntas. Somos capaces de diseñar piezas de alta tecnología que resuelvan las cuestiones estructurales, higrotérmicas, y estéticas de nuestras construcciones, pero es a la hora de  ensamblarlas cuando aparecen las dificultades. Nos guste o no, nuestra tradición constructiva tiene poco que ver con la industrializada perfección de una fábrica de automóviles y mucho con la paleta, la plomada y el azulete. Sumemos a esto la cada vez más escasa definición a escala cercana de los proyectos y la inevitable tendencia a que las visitas de obra se dediquen más al papeleo y a la discusión presupuestaria que a la resolución de cuestiones constructivas para terminar de entender esta injustificada alergia a la junta.

Sede de la federación Nacional de la Construcción, Jean Prouvé, 1949. Detalle del panel de fachada

Imagen obtenida de la Revista Tectónica, nº 7

Esconder la cabeza debajo de la tierra no hace desaparecer el problema. Un adecuado estudio de la junta constructiva y una correcta supervisión de su ejecución permiten aprovechar todas las ventajas de su utilización. A saber: mejora de las condiciones de durabilidad mediante piezas que trabajen como transición entre elementos incompatibles, optimización de la relación entre el volumen y el peso de las estructuras (¿alguien ha dicho Norman Foster?) que lleva a la posibilidad de alcanzar grandes luces con construcción aparentemente ligera. Y todos sabemos lo poco que nos gusta poner «palitos» en nuestras pulcras y aseadas plantas. Un oportuno uso de las juntas constructivas facilita, además, la superación del trabajo lineal o superficial de los elementos constructivos y el salto a la estructura tridimensional (sí, definitivamente alguien ha dicho Norman Foster). A la larga, la junta es un elemento imprescindible que acaba siendo el más frágil de la composición constructiva, quizá por ser el menos estudiado, quizá porque demasiado a menudo se fía a la pericia artesanal del operario. Piense el lector cuándo fue la última vez que definió la dimensión, material y colocación de una junta de dilatación en sus planos y quizá encuentre la respuesta. 

El invento de Edison fue un fracaso. El coste de construcción del molde era disparatado, el vertido del hormigón en un espacio tan reducido hacía imposible su correcto vibrado y la inevitable uniformidad estética de los módulos resultantes casaba mal con los gustos estéticos de la sociedad norteamericana de principios del siglo XX. El empleado de la oficina de patentes respiró aliviado. Quizá aquel fracaso conseguiría disuadir al señor Edison de sus locas ideas y le permitiría volver a la apacible lectura de la prensa deportiva.

Unos días después se presentó a patentar algo llamado filamento incandescente. Aquel hombre no tenía remedio…


ARTÍCULO ESCRITO POR Alberto Ruiz


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