Arquitectura industrial

La industria: patrimonio histórico de nuestro tiempo

La arquitectura industrial es uno de los mejores reflejos de la evolución social, cultural y tecnológica de nuestro tiempo. Se trata de un patrimonio no solo único por la riqueza de su contenido e Historia -con un valor antropológico muy relevante-, sino, en muchos casos, por la unicidad de su continente, compuesto de espacios característicos e irrepetibles tanto en su configuración como en dimensiones, dadas las necesidades concretas de cada caso. La funcionalidad es un aspecto clave en este tipo de arquitectura[1]: nada se deja al azar, y cada espacio responde a unas necesidades y planteamientos tremendamente específicos, que aseguran la viabilidad económica de todo proyecto industrial en el menor plazo de tiempo posible. Se trata de una arquitectura desnuda, que brota de los procesos industriales, mayoritariamente proyectada por profesionales de la ingeniería y que, por esta razón, mantiene unas relaciones espaciales, volumétricas y de escala muy poco habituales en la arquitectura tradicional.

Sin embargo, y pese a ser clave en la evolución y progreso social de nuestros días, lo industrial languidece en la actualidad frente al auge del sector terciario, la logística y el incremento sin precedentes del interés inmobiliario en algunas de nuestras ciudades. A lo largo de los últimos años se ha procedido a lo largo y ancho de Europa a la rehabilitación de espacios anteriormente relacionados con la producción o manufactura industrial, dada la masiva deslocalización y desindustrialización.

En Madrid las antiguas naves del matadero municipal, erigido junto al rio Manzanares en los años 20 del pasado siglo, y que conformaban una enorme extensión de edificios, -más de cuarenta en su momento de esplendor- se rehabilitaron para dar paso a uno de los centros de cultura y emprendimiento más importantes del Sur de Europa. Matadero Madrid se perfila hoy como agente dinamizador clave en el Sur de la ciudad, favoreciendo e impulsando la revitalización del entorno de Madrid Rio, donde antes únicamente se encontraban naves vacías y espacios residuales.

Interior de las naves de Matadero Madrid, tras su rehabilitación como espacio cultural a cargo del equipo ICA arquitectura

Imagen obtenida de Plataforma Arquitectura

La lección es clara: la existencia de zonas industriales en ámbitos de gran cohesión y concentración urbana, permite su cambio de uso de manera natural y respetuosa con el patrimonio hacia actividades culturales y de ocio. La Tate Modern en Londres, que supuso la reconversión de una antigua central eléctrica a museo frente al Támesis, o el aeropuerto de Tempelhof en Berlín, que en la actualidad aspira a ser ejemplo de parque urbano reutilizando sus antiguas pistas y terminales para usos polivalentes, son evidencias del éxito que, junto al de Matadero Madrid, suponen este tipo de reconversiones cuando se integran en la ciudad consolidada.

Espacio exterior de MediaLab Prado

Imagen obtenida de Architizer

Sin embargo, y pese a algunas excepciones, la mayoría del tejido industrial del siglo XX se sitúa en la periferia de las grandes ciudades, no solo por su complejidad productiva, fruto de la demanda de una mayor cantidad de terreno, sino por el interés inicial en ubicarse junto a las grandes infraestructuras de comunicación. Este factor geográfico, sumado al abandono de buena parte de la actividad industrial, hace que aquellas industrias que durante los años 50 y 60 fueron referentes del progreso económico y social de nuestras ciudades, se perfilen hoy como grandes espacios vacantes y bien comunicados, de gran interés para la especulación inmobiliaria.

Frente a esa dejadez y abandono por parte de los antiguos propietarios poco o nada se ha hecho, más allá de actuaciones puntuales, especialmente en el centro de las grandes ciudades. Si bien muchos de los proyectos más relevantes de espacios público-privados de los últimos años se han realizado gracias a la rehabilitación de antiguos conjuntos industriales: en Barcelona el antiguo Mercat del Born, reconvertido a centro cultural y museo; en Madrid Google Campus y MediaLab Prado, rehabilitando lo que anteriormente eran una central eléctrica y el edificio de la Serrería Belga respectivamente; parece evidente que el interés en recuperar la arquitectura industrial del extrarradio es mucho menor.

Interior del Mercat del Born

Imagen obtenida de Pinterest

No es solo una cuestión geográfica, sino también de escala: los grandes esqueletos industriales que aun hoy perduran en el entorno de nuestras ciudades se caracterizan por sus desmesuradas dimensiones, fruto del capitalismo expansivo -tanto en ocupación del suelo como en producción- en el que se enmarcan. Las fábricas de la última ola industrial son reflejo de nuestra Historia reciente en sí mismas.

Vista aérea del Emscher Park en la cuenca del Ruhr, donde se ha rehabilitado buena parte de los edificios e infraestructuras industriales existentes. Alemania

Imagen obtenida de Zollverein

Así, frente a las actuaciones puntuales existentes, que han permitido tomar conciencia de la relevancia y potencialidad de esta arquitectura, parece evidente la necesidad de generar planes estratégicos vertebradores que ayuden no solo a poner en valor el tejido industrial menguante que todavía sobrevive a las demoliciones, sino también que planteen y fomenten posibles usos públicos y privados para devolverles su vitalidad original, potenciando su capacidad de cohesión urbana, dadas sus excelentes ubicaciones. Ciudades como Barcelona parecen haber tomado ya conciencia de esta necesidad, ya detectada anteriormente en algunas de las regiones más industrializadas de Europa, como la cuenca del Ruhr.

En Madrid, a excepción de actuaciones puntuales como la rehabilitación de la Nave Boetticher en Villaverde, poco o nada se ha hecho para preservar su legado industrial, en el entorno metropolitano quedan apenas una decena de complejos industriales que van más allá de la actividad logística, y muchas de las antiguas fábricas abandonadas han dado paso a solares en barbecho, a la espera de tiempos mejores para especular. Como afirma Gillian Darley, a partir del siglo XVIII “las fábricas son buenos indicadores de la revolución técnica y social, de la innovación en diseño y procesos y del momento político y económico” [1] en el que se enmarcan. Urge, de este modo, extender esa percepción de la importancia que ha tenido y tiene la arquitectura industrial para nuestros días como referente de nuestra Historia reciente, y como detonante de algunos de los procesos migratorios, y en consecuencia urbanos, más relevantes de los últimos siglos. La industria hizo ciudad, ahora parece necesario el momento de que la ciudad vuelque su interés hacia ese patrimonio a punto de ser demolido.

[1] Gillian Darley definirá las fábricas como “construcciones funcionalmente explícitas y que aplicaban las posibilidades aparentes de los materiales y de la construcción”. Darley, Gillian “La fábrica como arquitectura”, ed. Reverté.


ARTÍCULO ESCRITO POR Alejandro López


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